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DOMINGO 2º DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo B. 18-1-2015. Comienza el octavario por la unidad de los cristianos 
sábado, enero 17, 2015, 07:04 AM - Comentarios a las Lecturas
DOMINGO 2º DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo B. 18-1-2015. Comienza el octavario por la unidad de los cristianos.

1ª Lectura. 1º de Samuel 3, 3b-10.19. Habla, Señor, que tu siervo escucha.

Salmo 39. Aquí estoy, para hacer tu voluntad.

2ª Lectura. 1ª de Pablo a los Corintios, 6 13c-15ª. 17-20. Vuestros cuerpos son miembros de Cristo.

Evangelio. Juan, 1, 35-42. Vieron donde vivía y se quedaron con él.

Hoy la Palabra de Dios nos habla de la llamada.

En la primera lectura es a un niño, a Samuel, que sirve en el templo; el Señor le llama durante la noche, varias veces, porque no es fácil reconocer su voz. Fue necesaria la mediación del sacerdote Helí, y la respuesta fue de una apertura y disponibilidad total:”Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Dios nos puede llamar a cualquier hora y en cualquier edad.

En la segunda lectura Pablo nos dice que nuestra respuesta al Señor debe ser desde la totalidad de lo que somos, alma y cuerpo. Somos una unidad, estamos consagrados, somos miembros de Cristo. No hay dimensiones de nuestra vida (el dinero, la sexualidad…que deban funcionar al margen de la fe que configura todo lo que somos).

En el evangelio, por la mediación de Juan Bautista, Jesús se cruza con Andrés y con otro discípulo, que puede ser Juan. Se sintieron atraídos por él, “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, como lo presentó Juan. “Maestro, donde vives. Venid y lo veréis”. Y se quedaron con él aquel día. Nunca olvidaron el encuentro, eran las cuatro de la tarde. Para seguir a Jesús hay que sentirse fascinados por su persona, y quedarse, hacer propia su vida, su manera de ser, su misión. Y si realmente te ha fascinado, tienes necesidad de llevar a otros a Jesús.

La llamada va dirigida a todos los cristianos. La vida es una vocación que exige conversión a la persona y al proyecto de vida que nos presenta. La vocación entraña misión. Siempre es difícil reconocer la llamada y vencer las objeciones que a veces ponemos desde el miedo, el respeto humano o la comodidad. Una vida no vivida como llamada del Señor, es una vida sin dirección, sin sentido. Dios nos llama porque nos ama, cuenta con nosotros. La llamada siempre supone una experiencia de vida. El que se siente llamado, “se hace, se transforma en Cristo”. A Simón el Señor la cambió el nombre, indicando que el seguimiento a Jesús le suponía una vida y una personalidad distinta.

Debemos agradecer al Señor el don de la llamada a ser cristianos y el don de las mediaciones que han existido en nuestra vida, desde nuestros padres, para escuchar, comprender y seguir a Jesucristo. La fe es un don que debemos acrecentar y trasmitir.

La cantidad de gente que vive alejada de Dios, que prescinde totalmente de él en todos los planteamientos de la vida; la sensibilidad social de falta de respeto a Dios, a la religión y a los creyentes; la situación de multiculturalidad y de convivencia con personas de otras religiones creada por la emigración, nos exige autenticidad personal en nuestra fe y en nuestras costumbres cristianas. Si nos hemos encontrado con Cristo, nos quedaremos con él y lo daremos a conocer. Si no es así, dejaremos de ser “sal de la tierra y luz del mundo”.

Debemos rezar por la unidad de los cristianos, como rezaba Jesús: “Que sean uno, para que el mundo crea”. El problema social creado por el fenómeno de la emigración es grande y muy difícil: aceptar y ayudar a las personas, respetarlas en sus diferencias, valorarlas en lo que son y en lo que aportan. Las palabras de Jesús están ahí: “fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis…”La mirada de Cristo” siempre es otra, y los cristianos debemos ver y actuar desde los ojos y las manos del Señor.

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